MIS AVENTURAS EN HONDURAS
domingo, 4 de marzo de 2012
VIAJE A LOS CONFINES DE LA TIERRA
Mi
primera aventura empieza el 21 de enero de madrugada. Llego a mi casa por la
noche después de haberme despedido de todos mis amigos en la iglesia. Me subo a
mi cuarto y empiezo a meter todas mis cosas en la maleta. A las 2 de la mañana
salgo de mi casa, dirección a la estación de Delicias. Mi autobús hacia Madrid
sale a las 3:20, así que tengo que esperar un rato. Cuando llega, me despido de
mi familia y me embarco en las peores 23 horas de mi vida. A los 15 minutos de
salir de Zaragoza ya estoy totalmente dormido, así que al despertar ya estoy en
el aeropuerto de Madrid. Me dirijo al mostrador de AmericanAirlines, donde debo
validar el billete que compré por internet. Cuando me llega el turno, una
señora me hace las típicas preguntas de qué voy a hacer en honduras, o cuánto
tiempo me voy a quedar. Cuando le digo que me voy para pasar 4 meses y medio,
me mira con una cara que me da a entender que voy a tener problemas. Me explica
que para estar en Honduras más de 3 meses se necesita una visa, y que lo único
que podía hacer al no tenerla era adelantar el día de la vuelta para que fueran sólo 90 días, o 3 meses. Me
hacen dirigirme al mostrador de información y gestión de la aerolínea. Una
señora muy amable me explica que para pasar más de 3 meses se necesita un
permiso, y que necesitaba cambiar la fecha de regreso, con el pastón que eso
significa. Los sudores y escalofríos que me recorren el cuerpo son
indescriptibles. La señora me dice que lo que va a hacer es cambiar mi billete
de vuelta al 21 de Abril, pero que pondría que la gestión no se había podido
cobrar por un error suyo. La cuestión es que me vio en la cara que me estaba
dando un paro cardíaco y no me cobró lo que hubieran sido 180 euros. Me vuelvo
a poner en la fila con el nuevo día de vuelta. Cuando me vuelve a tocar, me
pregunta que cual es el número de mi visa para pasar por Miami. Se me
descompone la cara porque me está dando la sensación de que alguien no quiere
que vaya. La señora llama a su jefa de sección. No he visto a una persona más
desagradable haciendo su trabajo, o posiblemente yo estoy más susceptible de lo
normal. Me dice que lo que debo hacer es ir a un ordenador de pago que hay en el aeropuerto, y hacerme el visado
por Internet porque se puede pagar con tarjeta. Le digo que yo no llevo tarjeta
de crédito, y me dice que necesito una tarjeta para hacer el pago por Internet.
Me voy de la fila y entro en un restaurante para que me cambien un billete en monedas
y poder llamar a mi casa. La dependienta me dice que ellos no pueden cambiar, y
que hay un mostrador de cambio de dinero que está en la otra punta del
aeropuerto. No hay ni que decir que el infarto estaba por llegar. Salgo del
restaurante y pienso que mejor compro un botellín de agua y que me de monedas.
Me vuelvo a poner en la fila. Cuando me toca le pido una botella de agua y me
da el cambio. Me dirijo a una cabina de teléfono. Intento llamar 2 o 3 veces
pero no entiendo cómo funciona. A la tercera parece que ya marca los números y
le explico a mi padre que me tiene que dar los datos de la tarjeta para poder
hacer la visa por Internet. Con los datos me dirijo al ordenador y en unos 20
minutos ya tengo una visa para hacer la escala en Miami. Con el número de la
visa me vuelvo a poner en la fila. Esta vez parece que todo está correctamente.
Me pesan la maleta y desaparece entre las cintas. Busco en el panel de salidas
y me dirijo al lugar de embarque. Nunca había estado en un aeropuerto en el que
tengas que coger el metro para moverte por la terminal. Tengo que pasar por
bastantes controles para llegar a mi lugar de embarque. Solo tengo unos 15
minutos para descansar porque todo el papeleo me ha llevado bastante tiempo. En
cuanto nos permiten embarcar, se forma una fila infinita. Después de esperar
pacientemente mi turno, enseño mi pasaporte y mi ticket de vuelo. En cuanto
entro al avión, dejo mi maleta de mano en la parte superior y me acomodo en mi
asiento junto a una de las ventanillas. En cuanto despega, siento ese
cosquilleo que te recorre el cuerpo y ese mareo que te entra por ascender a
gran altura en pocos segundos. Al cabo de una hora nos empiezan a repartir “la
comida”. No tengo sueño, así que a las 4 o 5 horas se me empieza a hacer
eterno. Me levanto al baño para estirar las piernas, pero siento como si
hubiera estado jugando a futbol durante 2 días seguidos. Casi no puedo ni llegar
al baño. Me pongo a ver una película en el ordenador y a la media hora se me
acaba la batería. Me paso las 2 horas siguientes intentando dormir sin mucho
éxito. A las 8 horas no siento las piernas, y cuando llegamos a Miami me duele
la cabeza, el estomago y me dan pinchazos en las piernas a cada paso que doy.
En cuanto desembarcamos, me dirijo a la aduana. Mucha gente dice que los
aeropuertos son como ciudades. Yo le quitaría el “como”. El de Miami tiene
kilómetros y kilómetros de terminales. Sólo para llegar al primer control de
aduanas, tengo que andar con la maleta unos 15 minutos, además del metro.
Mientras estoy andando con la maleta, un policía me mira de arriba abajo, y me
acuerdo de que nos habían pedido que lleváramos nuestro pasaporte en la mano, y
yo no lo llevaba. Se acerca y me dice que si le puedo seguir para hacerme un
interrogatorio oral. Le acompaño, y me empieza a preguntar por mi destino, mis
estudios, mi familia, mis notas, etc. Cuando me pregunta si alguna vez había
estado en la cárcel y le respondo que no, se me queda mirando y se produce un
silencio muy pero que muy incomodo. Para cuando terminan las preguntas tengo
empapados de sudor hasta los calzoncillos. Me dicen que muchas gracias por mi
tiempo y sigo con los interminables controles. Cuando termino el control que
pasan todos los extranjeros, me dirijo a las cintas transportadoras para
recoger mi maleta grande. En una de ellas leo: maletas de Madrid. Espero a que
salga la mía junto con 200 personas más. Me siento en el suelo porque no puedo
más, aunque sé que molesto a la gente que viene a por su maleta. Al cabo de una
hora, me empiezo a poner nervioso porque veo maletas que han pasado unas cuatro
veces, y la mía ni aparece. Le pregunto a un empleado del aeropuerto si esa la
cinta por la que salen las maletas de Madrid, y me responde que sí, pero que si
no la encuentro es porque ha estado
sacando las maletas más grandes y las ha puesto aparte. Me dice que las guarda
al final del pasillo, y que mire si está la mía. Cuando llego, allí me la
encuentro, y me molesta haber estado más de una hora haciendo el tonto. Con la
maleta en mi poder me dirijo a la salida de embarque del avión que vuela desde
Miami hasta San Pedro Sula. Solamente este tramo, me cuesta unos 20 minutos con
continuos pinchazos, porque da la casualidad de que mi vuelo sale desde la otra
punta del aeropuerto. Cuando llego a la correspondiente ventanilla he pasado
más de 4 horas de pie. Me pego como una hora y media en la sala de espera. Ya
no sé ni como sentarme para que no me den calambres. Cuando embarcamos y entro
al avión, tengo la sensación de que las dos horas y media del vuelo se me van a
hacer cortas, porque me muero de sueño. Lo último que recuerdo después de
sentarme en mi asiento, es la voz del capitán pidiéndonos que nos pusiéramos el
cinturón, y el resto del vuelo fueron sueños y babas en la almohada. Cuando me
despierto, estamos a punto de aterrizar, y me cuesta ponerme erguido porque me
duele mucho la espalda de la mala posición durante la cabezadita. Dejo que se
vacíe el avión y salgo bastante atontado y con la maleta en la mano. El
aeropuerto de San Pedro Sula no tiene nada que ver con el de Miami, así que
cuando voy a la cinta transportadora para recoger mi maleta, no espero más de 5
minutos. Ya siento el calor aplastante que me impide hasta respirar con
normalidad. Voy andando hasta el último control, y antes de pasarlo, un
escalofrío me recorre el cuerpo, porque me doy cuenta de que ya no hay marcha
atrás. Justo antes de pasar por la
salida de pasajeros, me paro un minuto a repetirme a mí mismo todas las
bendiciones que voy a recibir con los niños, para apartar de mi cabeza esa
sensación de soledad que te pone un nudo en la garganta. Respiro hondo y cruzo
la puerta. Al otro lado me está esperando Chus con dos niñas que la acompañan.
Después de los saludos, nos metemos en la furgoneta y nos alejamos del
aeropuerto. En ese momento aun no lo sé, pero va a ser una de las mejores experiencias
de mi vida. Ahora que ya llevo un mes y medio, pienso en esas 23 horas y me
digo: ¡Tío, valieron la pena!
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